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Espiritualidad afectiva latina.

Con raíces en Bernardo de Claraval y el Císter, pero sobre todo Francisco de Asís. Le tocó vivir en una época convulsa y a través de su carisma personal y sus intuiciones se revolucionó la vida espiritual cristiana. Vivida no sólo de puertas adentro, sino en medio de la sociedad, con la relación afectiva teologal con Jesús como eje y la importancia de la fraternidad y las relaciones personales, el otro como encuentro humano y como lugar de relación con Dios. Desde él toma cuerpo la corriente de espiritualidad afectiva, que continuará con  Tomás de Kempis, Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz y Teresa de Lisieux entre otros.

El itinerario de la personalización se inspira en esta corriente en cuanto al primado de lo interpersonal, el amor, como eje del proceso y las virtudes teologales, que en sí son relacionales, pero a la medida de Dios. Sin embargo se distancia de él para superar el pietismo barroco, pues la afectividad sólo adquiere su densidad real cuando ésta es de personalización, es decir, hondura teologal que trasciende la necesidad de fusión y se enraíza en lo humano en todas sus formas como lugar de relación con Dios.